Andrés Gallarraga culminó su temporada como campeón en 1993

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El 3 de octubre de hace 25 años, el primera base de un equipo de expansión, Rockies de Colorado, tuvo un motivo para celebrar a pesar de tener una campaña perdedora, como corresponde a la mayoría de los conjuntos en su año del debut. Los venezolanos también lo recibimos con mucha alegría.

Al fin de la ronda regular, Andrés Galarraga terminó la temporada con .370 de average para convertirse en el primer venezolano que en las Grandes Ligas lograba un título de bateo.

En esta década ha sido rutinario. Miguel Cabrera conquistó cuatro, José Altuve lo ha hecho en tres oportunidades. Carlos González y Magglio Ordóñez también lo consiguieron en una oportunidad.

Pionero. Pero fue Andrés Galarraga el primero, uno de quien no se esperaba. Menos en las circunstancias de 1993.

Cuando el “Big Cat” ascendió a las Grandes Ligas con Expos de Montreal en 1985, se conceptuaba como alguien de poder ocasional y bateo que rondara los .300 de average. El apodo se lo ganó por su agilidad para cubrir la primera almohadilla y una velocidad en las bases que sorprendía a pesar de su gruesa contextura.

Tuvo sus buenos años en Montreal. Selecciones al Juego de Estrellas, Guantes de Oro y una idolatría en Venezuela que le seguía sus pasos.

Pero el infortunio, la baja en el rendimiento y la presión que tiene todo Grande Liga en mantenerse hicieron mella. Cuando estaba en sus 30 exhibió un Average de. 219, muy por debajo de lo que se espera de él. O de cualquiera.

Por eso Montreal, luego de ver los números en descenso, no esperó más y lo cambió para Cardenales de San Luis (1992).

Las cosas no cambiaron mucho. Nuevamente aparecieron las lesiones y ni siquiera pudo llegar a 100 de los 162 juegos uniformado con los pájaros rojos.

El proyecto de Don Baylor. Grandes Ligas tenía dos equipos nuevos para 1993 en la Liga Nacional: Marlins de Florida, hoy de Miami, y Rockies de Colorado.

Este último conjunto nombró de mánager a Don Baylor, quien fue su coach de bateo en San Luis y algo vio en Galarraga que se propuso rescatarlo.

Previamente, el orgullo de Chapellín jugó con Leones del Caracas (1992-93), más de una vez manifestó su confianza en que rescataría su carrera. Pero sinceramente había escepticismo por los averages de .257, .256, .219 y .243 exhibidos en sus años previos. Como dicen, un año malo lo tiene cualquiera, pero ya eran cuatro.

Culminados sus compromisos con Caracas, Galarraga se enrumbó a Denver para seguir los consejos de Baylor.

La gran transformación llegó cuando se modificó su postura. Se colocaron los pies de manera que sus ojos quedaran casi totalmente de frente al pitcher, con el pie izquierdo apuntando hacia la tercera base. Desde el lanzador se veía algo parecido a batear totalmente de frente.

De este modo su ángulo visual era completo en comparación al tradicional donde estaba un pie detrás de otro.

Sorpresa. De inmediato empezó a producir un alto average. Hasta el Juego de Estrellas estaba cerca de los .400 de promedio y las referencias de Ted Williams ilusionaron. Había un Galarraga distinto, con una mejor visión y una superior selección de pitcheo. Ya no había tanto interés en los cuadrangulares sino en el average y la posibilidad de titularse como campeón de bateo.

Porque de rival tenía a un temible estudioso del arte: Tony Gwynn. Un jugador que cuando no estaba en acción reunía los videos de sus turnos (grabados por su esposa en ocasiones) para explicarse porque fallaba o lo hacía bien.

Los sustos. También se presentaron dos inconvenientes, llamados presencia en la lista de incapacitados. La segunda fue del 24 de julio al 21 de agosto que hizo temer por la cantidad de apariciones en el plato necesarias (502) para acceder sin problemas al título de bateo. La rodilla izquierda le dio problemas, lo cual requirió de una operación apenas terminó la temporada regular. O sea, el 4 de octubre de ese año.

Dos días antes, Galarraga con .373 aseguró matemáticamente el reinado en el average y el domingo se fue de 4-0 para quedar con .370, un número altísimo, bien lejos del alcance de Gwynn, rezagado con .358 y también con una temporada recortada por las lesiones. Participó ese año en 122 juegos.

La alegría en Venezuela duró bastante. Galarraga no salía de un homenaje tras otro. Muchas cosas buenas (y otras malas) llegaron después.

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